Cada vez que me pongo a escribir, suelo volcar muchos sentimientos arraigados y acumulados. Por eso no escribo tanto como quisiera, necesito de una gran inspiración para hacerlo, y no me gusta escribir sobre cualquier cosa, siempre prefiero filosofar y tratar de encontrarle sentido a mi vida, y a la vez, poder ayudar a cualquiera que lea esto y se pueda sentir identificado conmigo. Escribo más que nada para mí. Para ir marcando distintos procesos en mi vida y los cambios que voy sufriendo. A fin de cuentas, a quién le puede interesar realmente lo que me pasa? Pero si estas experiencias le sirven a alguien más, pues qué mejor.
Hace unos cuantos meses, comenzó un declive en mi persona, potenciado por un factor que quizá a muchos se les haga risible y poco importante. Quien me conozca, sabe que he sido parte de un Movimiento Católico los últimos cuatro años de mi vida. Estos cuatro años me han servido para replantearme metas, ideales, sueños… Me han servido para encontrar habilidades y características que poseía y que desconocía… Me sirvieron para darme un propósito, una razón por la cual vivir.
A lo largo de estos cuatro años, he vivido muchísimas experiencias, algunas buenas, otras no tanto, pero siempre con la cara en alto porque siempre me he considerado lo suficientemente fuerte para enfrentar cualquier adversidad. Creo en Alguien que me acompaña, que me Ama y me cuida. Amo a esa persona, y ese Amor es lo que me impulsó y me motivó a trabajar siempre por una causa buena.
Cuando viví mi Jornada, y me embarqué en este largo viaje, sabía que un día tendría que llegar a puerto, habría paradas, y en alguna de ellas tendría que bajarme. Nunca planeé que este viaje durara cuatro años. Nunca planeé sentirme tan bien navegando en este barco. Mientras pasaban los días, que se convirtieron en semanas, y luego, en meses, yo mentalmente me preparaba sabiendo que un día de estos, tendría que bajarme, más nunca vi en realidad que la costa estuviera tan cerca. La realidad es, que ha llegado el momento, y me descubro a mí mismo, que no estoy preparado para bajar.
¿Cómo aprendes, cómo te preparas, para dejar algo que está totalmente dentro de ti? Un amigo me decía, quizás como cumplido, quizás como comentario sarcástico, que si yo sangraba, en vez de sangre salía Jornadas. Y poniéndome a reflexionar, puedo decir que tiene razón. El vivir para servir ha sido algo que me alegra, que me renueva, que me da vida. Sentirme útil a mis hermanos, a mis amigos, a mi novia, es algo que me hace feliz. En Jornadas aprendí a tenerle amor al Servicio dado. A no esperar nada a cambio, a dar hasta que duela. Y aunque duela todavía dar más. No me importa ensuciarme las manos, no me importa entregarme totalmente. Desinteresadamente. Ayudar a construir el Reino de Dios en la Tierra. Mi recompensa no es otra que la sonrisa, el abrazo, el agradecimiento de la gente. A veces he presumido en son de broma que soy el mejor en lo que hago, y lo que mejor sé hacer es salvar almas, pero en realidad nunca me lo he creído, sólo hago lo que tengo que hacer, mi trabajo. Si soy o no el mejor es irrelevante, hay muchas personas que hacen más y tienen la posibilidad de hacerlo. Yo hago lo que soy capaz de hacer, sea mucho o poco, finalmente, lo importante es hacerlo.
Pero entonces, yo he vivido de alguna manera apoyado en algo. Este barco que me ha llevado a tantos lugares, tantas aventuras. Este barco en el cual no veo a la misma tripulación que comenzó el viaje conmigo. Este barco el cual ya es momento de dejarlo y caminar por la playa, llegar a otro puerto y abordar un nuevo barco. Eso es lo que me da miedo. Pocas veces en mi vida he sentido tanto miedo de dejar algo atrás, como esto. Dudas asaltan mi mente ¿qué voy a hacer? ¿estoy realmente preparado para un nuevo viaje? ¿qué pasará si me quedo? ¿seré un peso extra en este barco en el cual ya no soy requerido? ¿Cómo dejar algo a lo cual le debo tanto? ¿Algo que cambió mi vida para siempre, me dio otra perspectiva? ¿Algo que en verdad me salvó la vida pues ya pensaba en quitármela? ¿Qué tal que no soy lo suficientemente fuerte para resistir al mundo? ¿Qué tal si no poseo lo necesario para mantenerme y seguirle siendo útil a Dios?
En ocasiones he dicho que soy imparable, indestructible. Que no me afectaría que me aventara y me destruyeran, siempre me podría levantar. Que nací para volar alto y alcanzar mis metas. Pero en realidad eran palabras vanas para intentar acallar mis miedos. Para intentar engañarme y portar una más cara falsa de sonrisa y felicidad.
La verdad es distinta. Me siento como un pañuelo que después de que es utilizado para lo que es, se va a la basura. Que Dios había hecho lo que tenía que hacer conmigo y ya, le era inservible. Me sentía inútil, desgastado.
Todo eso me afectaba, y merma en mi personalidad. Durante estos cuatro años llevé una relación más o menos bien con mi familia. Sí no faltaban los enojos, no faltaban los regaños, pero mi actitud siempre fue diferente. Uno pensaría que por ser una familia de católicos todo lo tenemos regalado y es bastante fácil. La realidad es que es aún más difícil, estar en este barco juntos implica muchas tentaciones. Siempre habrá fuerzas que estén intentando tirarnos del barco y no en un puerto seguro, sino en el mar.
Estos últimos meses han sido demasiado difíciles para mí. Me siento relegado, alienado de mi familia. No me siento parte de ella. A cada momento estoy a la defensiva. No puedo llevarme bien con mis hermanas, no puedo llevarme bien con mi padre y madre. Es algo triste y me enfurezco conmigo mismo porque ¿de qué han servido todos estos años de aprendizaje? ¿no se supondría que yo, al ser el primero, el mayor, el ejemplo, debería ser el más espiritual, el más alegre, el mejor? ¿no se supondría que debieran estar orgullosos de mí? Y lo único que hago es separarme más y más. Quizás jamás llegarán a odiarme, pero a veces siento que ya no me tienen la misma confianza, que ya no saben cómo hablarme porque puedo estallar de furia. ¿Qué me estaba pasando?
Y lo peor es que afecto a mis amigos, a todos aquellos que me quieren. Muchos me dicen que he cambiado, que soy más enojón. Que mi compromiso ya no es el mismo. Que me noto desganado, triste. Ausente.
Anoche, platicaba con una persona muy especial a quien adoro y amo. Y le comentaba parte de mis miedos. Parte de mis angustias. Y creo que le pasé un poco de mi malestar. ¿Qué necesidad tiene ella de entristecerse y amargarse por culpa mía? Por eso traté de cambiar la conversación, sin embargo, el daño estaba hecho. ¿Qué estoy haciendo? Me preguntaba. Todo debería ser alegría, y con todo y las tristezas, debería encararlas con una amplia sonrisa en la cara. Ya ni siquiera me he podido acercar a mi más grande Amigo. No puedo llevar paz y felicidad y amor a ningún lugar cuando yo mismo no los poseo.
Decidí escapar, pensar. Necesitaba un tiempo para mí mismo. Dejar de oír al mundo. Apagué las luces, respiré profundo e intenté establecer comunicación con esa persona con quien ya había dejado de hablar hace mucho. LE pedí respuestas... Le pedí que me calmara... Cerré los ojos y tuve un sueño: Era más de media noche. Y hacía un frío terrible. Caminé por la calle un rato. Pensando. Reflexionando. Tratando de hacerme entender que tenía que estar preparado para enfrentar al mundo. ¿Pero qué voy a hacer? Ahora que empiece viaje en solitario, ¿cuál será mi propósito? ¿qué será lo que día a día me haga decir “vale la pena vivir”? Cuando de pronto vi a un hombre, acostado en la banqueta. Temblaba de frío. Y abrió los ojos. Sentí un pinchazo fuerte en mi corazón. En ese momento, empezó a llover, una lluvia fría que helaba los huesos. El hombre me miró suplicante y oí su voz: “Ayúdame”, me decía. Yo le contesté que no tenía dinero, que ya se me había terminado todo. Él insistió. Y yo le dije “Es que ya no tengo nada qué dar”. Él me miró y me dijo: “Claro que sí”… y en ese momento me quité mi chamarra y se la puse encima para que se calentara. El hombre sonrió y se quedó dormido. Yo me sentía extraño. Fuera de este mundo. No sabía cómo interpretar eso que había visto. Desperté y me sentí como flotando, extraño. Me sentí también un tonto: La respuesta ya la sabía. Siempre la supe. No necesito estar en Jornadas ni en ningún movimiento para hacer lo correcto. Para seguirle siendo útil a Dios. Esta tristeza y depresión que sentía no tenían fundamento. Es sólo que aún no lo había asimilado y no lo creía en realidad.
Porque no soy un pañuelo desechable. Lo dijo la madre Teresa: “Soy un pequeño lápiz en las manos del Señor, con el que él escribe su carta de amor al mundo”, un pincel que simplemente termina de ser utilizado en la obra de arte actual, y se prepara para la siguiente. Aún tengo algo qué dar. Como en mi sueño, aún cuando aparentemente ya se me había terminado todo, todavía me quedaba esa chamarra. Y de ser necesario, quizás aún hubiera tenido que dar el resto de mi ropa.
Estoy tranquilo. Pues ahora me doy cuenta que, después de todo esto que viví, que reflexioné, que lloré, que realmente estoy preparado para bajar del barco. Estoy preparado para continuar mi camino en donde sea. Donde me indique Dios. Más que un movimiento, más que un grupo, necesito a mi familia, necesito a mis amigos, necesito a mi novia. Ellos son quienes siempre estarán conmigo y me darán la fuerza necesaria para seguir caminando. Y yo mismo seré quien los apoye en momentos de necesidad. No debo alejarlos de mí. Debo quererlos, amarlos, respetarlos, abrazarlos. Ser fuerte. No abrumarlos con preocupaciones estúpidas. No enojarme con ellos y ocasionar que huyan de mí. No puedo solo. Necesito de ustedes. De todos ustedes.
Me levanto hoy con una nueva actitud. Sonriente. No ya una sonrisa falsa, sino una sonrisa real. De agradecimiento por todas las bendiciones que Dios me ha dado. De felicidad por todo lo bueno que tiene la vida. Sí, va a haber muchos problemas como siempre los ha habido. Pero esta vez, no presentaré una máscara, sino mi cara real. Paciente. Alegre. Sin perder la compostura. Sin enfurecerme.
Quiero pedir perdón a todos aquellos que lastimé por causa de mi estupidez, por causa de mi ceguera.
A mis hermanas, por no saber ser buen hermano, por permitir ahogarme yo mismo cuando no era necesario, por tener tan poca paciencia con ustedes, por molestarlas tanto y decepcionarlas tanto, porque de alguna manera he dejado de ser el modelo ideal de hermano para ustedes.
A mis papás, por no saber ser buen hijo, porque por culpa de este miedo, me fastidiaba muy rápidamente con ustedes y siempre estaba preparándome al ataque, por ser tan grosero y tan retador y no tenerles el respeto que en realidad se merecen, cuando ustedes son mi ejemplo a seguir y estoy muy orgulloso de tener unos padres como ustedes… Los AMO :D
A mis amigos, por saber ser un buen amigo, por no estar ahí cuando me necesitan, o por no saber decir las cosas y ofenderlos con mis comentarios o mi manía de intentar hacer que hagan las cosas bien, por no saber respetar su libertad y su capacidad de decisión propia. Por quererlos convencer y cambiar su modo de pensar, sin aceptar que no todos pueden pensar igual que yo.
A todos aquellos que he decepcionado, que esperaban más de mí y no alcancé a llenar sus expectativas. Que cometí errores y ellos no esperaban que pudiera cometerlos.
A Bere, por no saber ser buen novio, por no saberte dar la seguridad que necesitas y quizá no todo el amor que soy capaz de darte, por obligarte a armarte de paciencia y aguantar mis momentos de frustración e ira, cuando yo debería en realidad ser tu fuente de felicidad y alegría.
Finalmente, a Dios, por haber dudado de sus planes, por querer hacer lo que yo quiero y no tener la humildad verdadera de abandonarme en sus brazos, y dejar que él indique mi camino.
No importa dónde sea, estoy seguro que Él me pondrá en donde él considere que puedo servir más. No me toca a mí decidir mí tiempo, no me toca a mí decidir si sirvo o no sirvo. Sólo Él puede hacerlo.
Hoy, por fin puedo cantar con sinceridad:
Señor, has que este puente no se rompa
mientras pueda servir a mis hermanos
y cuando nadie ya lo necesite
destrúyelo a tu antojo entre tus manos.
Jesús, haz lo que quieras conmigo.
Jesús, haz lo que quieras de mí.
Soy Hombre. Soy Cristiano. Soy Santo. Soy Apóstol. Soy Sacerdote, Profeta y Rey.
Mi nombre es Rubén Rodríguez. Ya veo la costa. Aún no sé si debo bajar ahí.
Pero estoy listo.

